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ACERCA DE
LA LLAVE AZUL

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Cada semana, María, Rodrigo y una gran rotación de colaboradores, se juntan en Arco FM (87.7 FM) durante una hora para hablar de las películas que tienes que ver y de las noticias que tienes que conocer. Además: retrospectivas, rankings, juegos, Cannes, Venecia, el Festival de San Sebastián, los Goya, los Óscar... y muchísimo más, porque no callamos y nos encanta el cine.

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  • Foto del escritor: María García Bautista
    María García Bautista
  • 10 oct 2024
  • 8 min de lectura

Actualizado: 13 oct 2024

A la vuelta, el miércoles 25 a las 22:00h, vi Oh Canada de la Sección Perlak en el Teatro Principal, me gustaría decir que al completo, pero lo cierto es que perdí la consciencia por primera vez en una sala de cine durante unos cinco minutos. Culpa que no achaco tanto a la nueva película del americano Paul Schrader, como a mi jornada laboral o al cansancio del viaje hasta San Sebastián, pero que tampoco quito del todo: cumple casi todos los puntos que caracterizan el cine del guionista de Taxi Driver, esto es, nos habla por medio de una entrevista desde la perspectiva de un hombre enfermo que huyó a Canadá durante la guerra de Vietnam, buscando la redención, principalmente por su mal comportamiento en sus relaciones afectivo-sexuales. No me interesa demasiado ni lo que cuenta ni la forma en que lo hace, el cine está plagado de hombres atormentados que no saben relacionarse con mujeres y que solo se dan cuenta cuando ya no están a tiempo de cambiarlo.


El jueves 26 comencé el día viendo a las 9:00h en el Teatro Principal la controvertida Megalópolis del americano Francis Ford Coppola. Tenía pensado esperar a verla en Santander, ya que su estreno iba a producirse al día siguiente, pero no pude evitar descartar mi entrada para la sesión de Hard Truths al escuchar las primeras críticas nacidas en el seno del festival y al estar al tanto de la posible presencia de un hombre hablándole a la pantalla a Adam Driver, tal y como ocurrió en el Festival de Cannes. Una obra carísima, enorme y Kitsch: un ejercicio de egocentrismo que sin duda conforma una experiencia audiovisual única y frenética que lanza mil ideas que no termina de desarrollar. Ilustra aquí la fragilidad de los grandes imperios, la deriva de EE.UU., Nueva Roma, bajo el sistema capitalista y la deriva de uno de los directores más emblemáticos del Nuevo Hollywood: lo que supone el hecho de hacerse mayor y querer hablar de muchas cosas sin disponer ya del tiempo suficiente para hacerlo. El megalón, y por extensión la ciudad que quiere construir a base de él, es el material imperecedero: resistente y sanador, que se inventa Coppola para que sea un clavo al que poder aferrarse en su lucha contra la obsolescencia y el paso del tiempo.

A las 11:30h se proyectó en el Kursaal 1 La Habitación de al lado, el primer largometraje en inglés del español Pedro Almodóvar, tras los cortos de La Voz Humana (2020) o Strange Way of Life (2023). Dos amigas que llevan años sin saber la una de la otra vuelven a encontrarse cuando una de las dos enferma y le pide a la otra que le acompañe en el proceso de quitarse la vida para aminorar el sufrimiento emocional y físico a causa del padecimiento. El director se desmarca del exceso que caracteriza el grueso de su cine haciendo que una situación de lo más trágica esté repleta de una humanidad que a veces es más cálida y a veces más fría en función de la proximidad o la distancia a la que se encuentra de la vida o de la muerte el personaje de Tilda Swinton o el de Juliane Moore en su asunción. La riqueza del filme se encuentra en la brillantez de la dirección y actuación de sus protagonistas en interacción: dos viejas amigas que han de enfrentarse al paso del tiempo y a una desconexión-reconexión que culminará en la muerte como acto compartido. Decía Almodóvar en la rueda de prensa que siguió a la proyección que se pueden cometer uno o dos errores, pero que si se cometen tres estamos ya ante un ejercicio de estilo, y pienso en ciertos diálogos que a priori asumo como forzados, en este caso el monólogo de John Turturro sobre el cambio climático o Penélope Cruz sobre la memoria histórica en Madres Paralelas, que no dejan de ser temas de los que deberíamos estar conversando constantemente por su relevancia social y política. Además, qué hay más cotidiano que un hombre dando la chapa.

Finalicé mi jornada a las 19:15h de la mano de Winter in Sokcho, ópera prima enmarcada en la Sección de Nuevos Directores del coreano Koya Kamura, a quien pude ver junto a su protagonista Bella Kim en el Kursaal 2. Una joven de 25 años trabaja en una pensión regentada por un anciano, quien parece ser el único personaje de elenco que no le desprecia e insta de manera compulsiva a someterse a varias operaciones estéticas o al trastorno alimenticio que desgraciadamente sufre. Es ahí donde conoce a un hombre francés de mediana edad con el que entabla una relación al estilo de películas como Lost in Translation o Columbus, pero que, a diferencia de estas, no termina de cuajar, probablemente por los tintes freudianos de los que está plagada: el padre de la protagonista le abandonó y también es francés.


El viernes 27 no vi la primera película hasta las 16:00h en el Kursaal 1, donde también asistieron su directora, Gia Coppola, y su protagonista, Pamela Anderson. Esto es, la producción americana The Last Showgirl de Sección Oficial. Su mayor mérito en lo que a mi visionado se refiere probablemente sea su contribución a que deje de lado la concepción que tenía de Dave Bautista desde su desenvoltura sobre el ring en la WWE o en sus papeles dentro del universo de Marvel, sigue aquí el camino emprendido con Blade Runner 2049, Dune, Glass Onion, Knock the Cabin. Compartiendo temática con The Substance, la nieta del director de El Padrino o Apocalypse Now y sobrina de la directora de Las Vírgenes Suicidas (1999) o Somewhere (2010) nos cuenta a través del personaje de Pamela Anderson lo que supone envejecer dentro de la industria del espectáculo. La actriz se maneja en un papel que no termina de concretarse y con el que resulta imposible conectar del todo por ello: abandona a su hija porque no puede conciliar su cuidado con el trabajo y, en su intento de redención por lo anterior, abandona a su compañera postadolescente cuando es ella quien es abandonada por su madre. Grabada en tan solo 18 días, explotando la granulación y los colores pastel, me recuerda a ratos al videoclip de Ride de Lana del Rey.

Continué la lluviosa jornada otoñal viendo a las 19:15h en el Teatro Principal el drama romántico por excelencia del festival, esto es We Live in Time del inglés John Crawley, protagonizada por Florence Pugh y Andrew Garfield. Se mueve a base de saltos temporales utilizados para resaltar el drama: te muestra el embarazo del personaje de Florence en una escena y el diagnóstico de su tumor uterino en la siguiente. Si bien no suelo empatizar demasiado con las películas que colocan una pistola sobre mi frente para que derrame alguna lágrima, aquí sabía perfectamente a lo que iba, aunque lo que me ha emocionado en especial no es tanto la muerte, como sus personajes empezando a conocerse mutuamente ignorándola. No sé si el mérito es del filme o de la perspectiva desde la que miro, esto es, la de estar ahí o la de haber ido un paso más allá en el proceso de empezar a conocer a alguien: conocerle ya el poquito suficiente como para que exista en mí la conciencia de todo lo que queda.

Y la acabé a las 22:00h, también en el Teatro Principal, con una de las tres películas que fueron candidatas representar a España en los premios Óscar junto a Estrella Azul y Segundo Premio: Marco: la verdad inventada de los vascos Jon Garaño y Aitor Arregi. Thriller biográfico en el que un tremendo Eduard Fernández interpreta a un supuesto superviviente del campo de concentración de Flossenbürg que llega incluso a estar al mando de una asociación de víctimas del nazismo. Los directores de La Trinchera Infinita (2019) y Handia (2007) muestran la vida ficticia que configura Marco a base de una red de mentiras para escapar de una realidad que le horroriza y niega: haber trabajado para los nazis y haber construido y abandonado a otra familia con anterioridad. Me interesa el diálogo que mantiene entre realidad y ficción y cómo lleva el debate al audiovisual con la aparición del documental de 2009 y con Marco rajando de la película de Roberto Beningni: La Vida Es Bella (1998).


El sábado 28 a las 8:30h fue el turno de la película sorpresa del festival y el tercer musical/no musical que visualizo: Joker: Folie à Deux del americano Todd Phillips, en el Teatro Victoria Eugenia. Una secuela que nos habla del proceso de internamiento de Arthur Fleck en Arkham mientras aguarda la sentencia por los crímenes cometidos por el Joker, que supera negativamente a Joker (2019) al buscar de manera activa e incluso compulsiva no complacer a nadie, ni adeptos ni detractores salen satisfechos de su visionado. Todd Phillips detesta esta primera parte de 2019 o al menos detesta lo que su público a hecho de ella y de su protagonista: la concepción heroica del mismo por parte de los incels, y la lleva a juicio dentro de su propia obra.

A las 12:00h, en el mismo Teatro Victoria Eugenia, fue el turno del napolitano Paolo Sorrentino con Parthenope: tal y como se llamaba Nápoles y la sirena de la mitología griega que le dio nombre al llegar a su costa tras arrojarse al mar por fracasar en su intento de seducir a Odiseo y a sus hombres. El personaje de Celeste Dalla Porta, como Nápoles, si no son acaso lo mismo, es bella y melancólica, pero Sorrentino hace de ellas algo aún más bello y melancólico. Nos muestra con su característico estilo barroco y sus travellings el ojo cosificador de los personajes masculinos posado sobre la joven, posando el suyo y la cámara también sobre ella en un intento fallido de satirizar esa mirada. Mirada que no es capaz de ver, a diferencia de la de Parthenope, quien aprenderá a hacerlo gracias a su inagotable búsqueda de sentido y a la esperanza representada por el hallazgo de cada resquicio de belleza. Al verla, sentí como si Sorrentino respondiera aquí a Alice Rohrwacher cuando en La Chimera el personaje de Josh O'Connor le susurra a la cabeza de una escultura etrusca que no está hecha para el ojo humano, que para eso está la antropología y el ojo del antropólogo, para ver.

A las 16:15h visité los cines Príncipe por primera vez para ver la nueva película de la georgiana Dea Kulumbegashvili, April. Además del tema que ocupa, esto es el segundo oficio como abortera clandestina de una mujer que trabaja como ginecóloga en un pequeño hospital provincial, me interesa por las preguntas que suscita su forma de filmar en el espectador: ¿Cuánto ha de durar un plano? ¿hasta qué punto es relevante nuestra opinión al respecto? La directora coloca la cámara varios minutos antes de que empiece la acción en cada plano, acción que o bien puede ser un aborto, o bien el soplo del viento contra las flores del campo georgiano.

Terminé la jornada y el festival al completo de la mano de la ganadora de la Palma de Oro en Cannes, Anora, del americano Sean Baker. Otra tragicómica representación del sueño americano y sus consecuencias, esta vez de la mano de una stripper que trata de vincularse con un niñato rico para quien solo es un capricho más que puede comprar, interpretada por una excelente Mikey Madison en lo que parece una secuela de su también insoportable personaje en Better Things. El director no rompe aquí, pese a que su final, algo básico y forzado, no me convenza, con la sensibilidad que envuelve el resto de su obra fílmica y que tanto me conmovió en Florida Project o Tangerine, pero adopta un ritmo algo más cómico y acelerado que recuerda, en base a la ansiedad que llega a generar en algún punto, a Uncut Gems de los hermanos Safdie o incluso a After Hours de Martin Scorsese por su formato.



 
 
 
  • Foto del escritor: María García Bautista
    María García Bautista
  • 1 oct 2024
  • 5 min de lectura

Actualizado: 10 oct 2024

Creo que puede resultar interesante plantear y compartir aquí un esquema de mi primera, y espero que no última, experiencia en el Festival de Cine de San Sebastián. Esto es, la vivencia del mismo desde la recogida de la acreditación, que no me fue posible dado que llegué después de la hora límite y Rodrigo tuvo que hacerlo por mí para no quedarme sin ver The Substance esa misma noche, hasta la recepción del palmarés en la sala de prensa; pasando por los aplausos al ritmo del tema musical del festival al inicio y los vitoreos al final de cada proyección, el visionado de hasta cuatro películas diarias, las sesiones a las ocho y media de la mañana, las carreras para llegar a tiempo, las cancelaciones y reservas a última hora, los cambios de asiento, los paseos por la playa de la Concha hasta llegar a los cines Antiguo Berri, las cantidades ingentes de café, la alimentación a base de bocadillos y hamburguesas, las alfombras rojas y los encuentros con famosos, las ruedas de prensa o incluso que Almodóvar volviera a sentarse para firmar mi dvd de Dolor y Gloria cuando estaba a punto de irse de la sala.

Mi estancia en San Sebastián por motivos laborales se dividió en dos partes: de viernes 20 a las 20:00h a domingo 22 a las 20:45h y de miércoles 25 a las 20:00h a domingo 29 por la mañana.


El Viernes 20 pude disfrutar de la primera proyección de The Substance en España, enmarcada dentro de la Sección Perlak del festival, a las 22:30h en el Teatro Principal. La francesa Caroline Fargeat plantea el argumento de su película en dos escenas al comienzo de la misma: la yema de un huevo dividiéndose en dos y la estrella en el paseo de la fama de Elizabeth Sparkle sufriendo las consecuencias de la exposición y del paso del tiempo. Escenas que, junto a la introducción de los personajes de Demi Moore, Dennis Quaid y Margargaret Qualley pueden resultar obvias, algo que tampoco considero un problema en un cine que reniega de toda sutileza y que hace alarde de lo basto. La directora trabaja aquí a través de la hipérbole argumental y formal: lucha entre juventud, belleza y sexualización extrema -y- envejecimiento, degradación física y body horror vehiculada por unos movimientos de cámara, edición, montaje, fotografía y sonido exagerados; y se consolida dentro del marco del cine de la Nueva Carne tras Revenge (2017).


El sábado 21 comencé la jornada cinematográfica a las 11:30h en el Teatro Principal viendo el remake de la propia película de 1998 del japonés Kiyoshi Kurosawa, Serpent's Path, de Sección Oficial. Una historia de venganza con un título maravilloso que, si bien está repleta de los rasgos más característicos del cineasta, esto es su forma de dirigir y de crear suspense en cada plano/fuera de plano a través de la iluminación y la puesta en escena, el guión y el planteamiento de los personajes no terminan de convencerme: el protagonismo otorgado al personaje de Kho Shibasaki me hace sospechar del posible giro que finalmente se lleva a cabo y que me decepciona un poco en su ejecución. Hay momentos en que llego a cuestionarme si estos fallos son o no intencionales y parte de la atmosfera cómica que envuelve al filme, esperaba algo más del director de Cure (1997) y Tokio Sonata (2008).

Continué viendo Emilia Perez del francés Jacques Audiard y Emmanuelle de la también francesa Audrey Diwan en los cines Antiguo Berri a las 16:00h y 18:45h respectivamente, tomando una coca-cola zero entre medias.

La primera, de Sección Perlak, es una aproximación musical a un tema complejo: la transición de género de un jefe de cartel mexicano con la ayuda de su abogada. Es ahí, en la originalidad y las canciones donde encuentro su punto fuerte, además de en las arrolladoras actuaciones de Zoe Saldaña y Karla Sofía Gascón; a pesar de que tenga un guión ambicioso que no termina de cerrar todas las líneas argumentales que abre y una actuación y acento de Selena Gómez poco convincentes. Todos los fallos nacen de la raíz: la anteposición de la transgresión al conocimiento de México y la elección de un casting no mexicano que provocan la desconexión de lo que se cuenta.

La segunda, de Sección Oficial, narra el viaje a Hong Kong de una mujer, interpretada por Noémie Merlant, que trabaja como supervisora en una cadena hoteles de lujo, que se encuentra bloqueada sexual y emocionalmente hasta que coincide con un hombre misterioso que le ayuda a recuperar el interés, en una película que perfectamente podría aglutinar los descartes de 2046 (2004) y de la nueva serie de Wong Kar Wai, Blossons Shanghai (2023). Desarrolla una premisa a priori interesante, que fracasa en su gestión, básica y superficial: diálogos forzados y situaciones que dan pie a sentir cringe. Me hizo gracia que alguien gritase: ¿ya está? cuando saltaron los créditos tras un cierre con el clímax de la protagonista al que no termina de llegar la película. Resulta chocante que comparta dirección con la maravillosa adaptación a la pantalla de la obra de Annie Ernaux, El Acontecimiento (2021).


El domingo 22, fecha coincidente con la inauguración del otoño, madrugué para ver la película de Sección Oficial Cuando Cae el Otoño del francés François Ozon  en el Kuursal 1 a las 8:30h. Una entrañable historia del director de Verano del 85 (2020), En la Casa (2012), Jóven y Bonita (2013) sobre la reinserción, el perdón, la familia, la amistad y la soledad en la vejez en que la protagonista, Hélène Vincent, es una anciana exprostituta a quien su hija repudia, que pasa sus días recogiendo setas con su mejor amiga; que se vuelve turbulenta en el momento en que, a raíz de cierto suceso clave, comienza a jugar con el espectador haciendo que este se cuestione la inocencia y la culpabilidad de varios personajes. Es justo ahí donde encuentro los fallos: ambiciona tanto la incertidumbre que termina resultando incoherente y reiterativa.

Seguí viendo otra película de Sección Oficial, The End del danés Joshua Oppenheimer, a las 11:30h en el Teatro Principal. El segundo musical del festival, esta vez a cargo del director del documental The Act of Killing (2012), nos enseña una realidad postapocalíptica a causa del cambio climático desde la perspectiva de uno de los responsables del desastre, Michael Shannon, y su familia: viven en solitario en un lujoso búnker diseñado milimétricamente por el personaje de Tilda Swinton hasta la llegada de una chica proveniente del exterior, quien hace que todos cuestionen la realidad que se han inventado para escapar de la culpa, siendo esta mentira la única realidad conocida por el personaje de George MacKay, ya que ha nacido y se ha criado en ella. Curioso examen de los verdugos y de su disonancia cognitiva al colocarse la etiqueta de víctimas realizado a través de números musicales que, a pesar de ser clásicos, son utilizados como recurso para mostrar la claustrofobia y el reducido espacio en que se desenvuelven.

Finalicé la jornada y la primera parte de mi presencia en el festival con la que para mí fue la sorpresa del mismo: My Eternal Summer la ópera prima de la también danesa Sylvia Le Fanu, enmarcada en la Sección Nuevos Directores. Cuenta desde el cariño y una sensibilidad preciosa el último verano de una mujer enferma que vive junto a su marido y su hija adolescente en una pequeña casa de campo sin cobertura, con todo lo que esto supone: observa con delicadeza la rutina, cuidados, evasión, miedo, ternura, etc., midiendo cada escena y cada plano para ajustarse a las emociones que contienen y que quiere transmitir sin resultar excesiva, poniendo el foco principalmente en la hija y en la relación que mantiene con su madre.



 
 
 
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